ECONOMIA Y FINANZASINTERNACIONAL

Irán desafía el control de EE.UU. en el estrecho de Ormuz

Teherán advierte que el paso estratégico no se reabrirá mientras persista la presencia militar estadounidense, en medio de una escalada de sanciones que Washington califica como su «Día D económico» contra la República Islámica.

La ecuación de la discordia

La tensión en el golfo Pérsico ha alcanzado un nuevo punto de ebullición tras el cruce de declaraciones entre altos mandos militares de Estados Unidos y la cúpula política de Irán. El presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, ha lanzado un ultimátum que resuena con la fuerza de un cañonazo en la geopolítica energética mundial: «La ecuación de esta guerra es clara: o todos venden petróleo o nadie lo hace».

Esta declaración, publicada originalmente en julio y rescatada esta semana en la red social X, constituye la respuesta directa a las afirmaciones del jefe del Comando Central de EE.UU. (CENTCOM), el almirante Brad Cooper, quien aseguró que las fuerzas estadounidenses controlan completamente el estrecho de Ormuz y han logrado suspender las exportaciones petroleras de Irán.

La advertencia de Ghalibaf no es un mero ejercicio retórico, sino la articulación de una doctrina de seguridad que Teherán ha venido perfeccionando en los últimos meses: la negativa a aceptar un statu quo que considere perjudicial para sus intereses estratégicos. «Si nuestra seguridad no está garantizada, ninguna infraestructura estará a salvo», sentenció el legislador iraní, subrayando que la seguridad del estrecho solo es concebible «sin la presencia de las fuerzas estadounidenses».


El «Día D económico» de Trump

La respuesta iraní se produce en un contexto de máxima presión financiera. La administración de Donald Trump, a través del secretario del Tesoro, Scott Bessent, lanzó el pasado lunes la denominada Operación ‘Paria Económico’, descrita como la mayor ofensiva financiera contra Irán y un verdadero «Día D económico» en la estrategia de asfixia contra el régimen de los ayatolás.

El paquete de sanciones sectoriales apunta a cinco áreas neurálgicas de la cooperación internacional iraní: activos digitales, tecnología, oro, aviación y transporte marítimo. La amenaza es explícita y de alcance global: cualquier país o entidad que colabore con Irán en estos sectores será excluido del sistema financiero basado en el dólar.

Este movimiento unilateral busca aislar completamente a Teherán del comercio internacional, pero también proyecta una sombra de incertidumbre sobre los aliados tradicionales de Washington que mantienen lazos comerciales con la República Islámica.


Un bloqueo con muchas lecturas

Mientras Washington presume de controlar las aguas del golfo Pérsico, la realidad sobre el terreno parece ofrecer un panorama más complejo. Cooper, en un comunicado difundido por el CENTCOM, aseguró que las fuerzas estadounidenses han despejado de minas las rutas internacionales de navegación del estrecho, permitiendo el tránsito de aproximadamente 1.500 buques comerciales que transportaban cerca de 750 millones de barriles de crudo en los últimos meses.

Sin embargo, esta versión ha sido recibida con escepticismo incluso entre los aliados de Washington. Fuentes citadas por Bloomberg y otras agencias internacionales han admitido en privado que, si bien es posible que EE.UU. haya logrado avances en el desminado, resulta improbable que haya podido retirar todas las minas, estimadas entre 80 y 150 dispositivos.

El viceministro de Relaciones Exteriores de Irán, Kazem Gharibabadi, ha rechazado categóricamente las afirmaciones estadounidenses, asegurando que «nadie conoce la ubicación de estas minas tan bien como Irán» y que el estrecho sigue siendo inseguro por la presencia de artefactos y las medidas militares iraníes.


La geografía como argumento de autoridad

La República Islámica ha esgrimido un argumento geográfico que difícilmente puede ser rebatido: más del 50% de la costa del golfo Pérsico pertenece a Irán, por lo que, según la interpretación de Teherán, le corresponde la gestión del paso marítimo.

El Ministerio de Asuntos Exteriores iraní ha sido contundente en este punto, afirmando que el estrecho permanecerá cerrado hasta que EE.UU. «corrija su comportamiento» y que la situación en el paso estratégico no volverá a ser la misma que antes de la guerra. Esta posición se alinea con las declaraciones del embajador iraní en Bielorrusia, Alireza Sanei, quien advirtió que ningún petrolero podrá pasar sin la autorización de Teherán, y que los buques que ignoren este requisito podrían convertirse en «objetivos legítimos».


La amenaza de una respuesta asimétrica

La escalada retórica no se limita al ámbito diplomático. El secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, Mohsen Rezaei, ha prometido esta semana atacar «con fuerza» los intereses económicos de EE.UU. si el país norteamericano persiste en mantener el bloqueo económico y naval a los puertos iraníes.

Esta amenaza introduce un elemento de disuasión asimétrica que podría tener graves repercusiones para la estabilidad regional. La capacidad de Irán para golpear intereses estadounidenses en la región, ya sea a través de sus aliados en el denominado «eje de la resistencia» o mediante acciones directas en el golfo Pérsico, constituye una variable que Washington no puede ignorar.


Un conflicto sin horizonte

El pulso por el control del estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial, ha entrado en una fase de estancamiento con visos de prolongarse. La posición iraní, articulada en torno a la máxima de «todos o ninguno», establece una línea roja que dificulta cualquier solución negociada a corto plazo.

Por su parte, la administración estadounidense parece decidida a mantener su ofensiva económica, confiando en que la presión financiera pueda doblegar la resistencia iraní. Sin embargo, la historia reciente de las relaciones entre ambas naciones sugiere que Teherán posee una capacidad notable para resistir y ajustar sus estrategias a las sanciones.

Mientras la comunidad internacional observa con atención el desarrollo de esta crisis, la certeza es una: el estrecho de Ormuz, ese angosto paso de 55 kilómetros de ancho que conecta el golfo Pérsico con el océano Índico, se ha convertido en el tablero donde se juega, una vez más, la partida más peligrosa de la geopolítica energética global.

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