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América Latina gira a la derecha, pero no solo por Trump

Las victorias de la derecha, con Flávio Bolsonaro como último golpe de efecto, responden a factores internos y a la presión de Washington.

El mapa político latinoamericano ha cambiado de color en los últimos años, y la primera vuelta presidencial en Brasil es la señal más reciente. Contra lo que anticipaban casi todas las encuestadoras, el candidato de ultraderecha Flávio Bolsonaro quedó por delante del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, que busca la reelección. Para conservar el cargo, Lula tendría que ganar la segunda vuelta del 25 de octubre partiendo desde el segundo lugar, algo que nunca ha ocurrido en la historia electoral del país.

Un revés que desconcierta

Lo llamativo del resultado es que no responde a las causas habituales de un castigo en las urnas. La economía brasileña ha crecido, el país volvió a salir del mapa del hambre por segunda vez y Brasilia recuperó protagonismo en el escenario internacional. Lula, además, ha defendido la soberanía y los intereses nacionales aun a costa de chocar de frente con el Gobierno de Estados Unidos.

Aunque la derrota no es definitiva, encendió las alarmas en una región que, en los últimos años, se ha inclinado hacia opciones de derecha. Esa corriente es históricamente aliada de Washington y rival declarada de los proyectos nacional-populares que llegaron al poder sobre todo durante la primera década del siglo XXI.

La tesis de la Doctrina Monroe

Una explicación frecuente, quizá demasiado apresurada, atribuye el viraje al regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. El presidente ha fijado como prioridad geopolítica recuperar la influencia estadounidense en el hemisferio, incluso por la fuerza. Así lo refleja la Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre de 2025, que anuncia la reafirmación y aplicación de la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia de Estados Unidos en el hemisferio occidental. El texto habla de proteger el territorio nacional y garantizar el acceso a ubicaciones estratégicas de la región, y añade un «corolario Trump», presentado como una restauración del poder y las prioridades estadounidenses.

Los hechos acompañan al discurso, según el análisis:

  • Estados Unidos bombardeó Venezuela y capturó a su presidente, Nicolás Maduro, en enero pasado.
  • Endureció el bloqueo a Cuba, vigente desde hace más de seis décadas.
  • Logró que buena parte de los países de la región se sumaran al Escudo de las Américas, una coalición de seguridad creada para combatir militarmente a los cárteles del narcotráfico y otras organizaciones criminales que Washington califica como amenazas.
  • Impuso aranceles con distintos pretextos, en una región dependiente de la exportación de materias primas y de la importación de alimentos y medicinas.

Una explicación que se queda corta

Pese a todo, atribuirlo todo a Washington omite procesos históricos y contradicciones propias de cada país. La relación con Estados Unidos pesa, pero no es el único factor.

Victorias de la derecha, pero por márgenes estrechos

Las derechas han llegado a los cargos más altos en casi todos los lugares donde ha habido elecciones recientes, pero en su mayoría por diferencias mínimas. Ocurrió con Abelardo de la Espriella en Colombia, Keiko Fujimori en Perú, Nasry Asfura en Honduras y Daniel Noboa, reelegido en Ecuador. Bolivia es un caso aparte: allí la segunda vuelta enfrentó a dos candidatos de derecha, Rodrigo Paz y Jorge «Tuto» Quiroga.

El análisis identifica dos factores determinantes. El primero es que los gobiernos de signo progresista cumplieron buena parte de sus metas, entendidas como reformas al sistema, pero sin resolver otros reclamos urgentes ajenos al pago de la deuda social, como la seguridad ciudadana. El segundo son las acciones de Estados Unidos en la región: apoyo directo a candidatos afines, presiones económicas, diplomáticas y financieras, golpes de Estado, lawfare, sanciones e injerencia directa.

Los límites del progresismo

La izquierda tampoco logró ampliar su base más allá de los sectores populares que la llevaron al poder. Al reducirse la pobreza, millones de personas pasaron a engrosar las clases medias, un electorado más oscilante, más pragmático y más sensible al desempeño económico que a cualquier otra variable. A esos votantes, según el análisis, no se les ofreció nada nuevo.

A ello se suma el peso de los hiperliderazgos. Las izquierdas de la región crecieron a la sombra de figuras carismáticas, y la ausencia de relevos capaces de renovar la propuesta ha tenido un impacto enorme en las urnas.

El factor religioso

Tampoco es nueva la participación del conservadurismo religioso en las alianzas electorales. Hoy se alinea con Flávio Bolsonaro, pero no siempre fue así. José Alencar, vicepresidente de Lula durante sus dos primeros mandatos (2003-2010), provenía del Partido Liberal, donde militan los Bolsonaro, y profesó públicamente su fe mientras ejercía el cargo.

Se trata de un electorado y un grupo de poder relevantes en Brasil y en otros países, pero su existencia no basta para hablar de una derechización de las poblaciones. Su comportamiento es más complejo que la simple identificación con los ideales tradicionales de la derecha o con las Iglesias evangélicas vistas en bloque.

Washington cosecha lo sembrado

Nada de esto significa que Estados Unidos no vaya a aprovechar su renovada influencia. Ya lo hace mediante las coaliciones militares, el acuerdo petrolero con Venezuela, los pactos para explotar minerales estratégicos en varios países y la expulsión de rivales geopolíticos por diversos medios.

La Casa Blanca busca que esos acuerdos se conviertan en compromisos de Estado a largo plazo, lo que dificultaría que un futuro gobierno de izquierda los rechace o denuncie para recuperar el control soberano de sus recursos naturales. Además, la ausencia de marcos legales precisos, o su modificación a conveniencia, permite que estas iniciativas, que generan enormes ganancias para empresas estadounidenses, avancen con poca oposición y sin violar el ordenamiento jurídico vigente.

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