INTERNACIONALPOLITICA

Ártico: la brecha entre Washington y Bruselas se agranda

Tras el pacto sobre Groenlandia y la cumbre de Laponia, Bruselas busca un papel polar que Washington ya ha ocupado con bases, radares y rompehielos

Una cumbre con más ambición que músculo

Septiembre ha dejado una imagen nítida en el extremo norte del planeta: la fractura entre los socios que en teoría comparten bando dentro de la OTAN. La cumbre informal celebrada en Rovaniemi, en la Laponia finlandesa, y las conversaciones posteriores entre la Unión Europea y Canadá se leen ahora bajo la sombra del nuevo acuerdo entre Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia.

Doce Estados miembros y la cúpula comunitaria asistieron al encuentro, que concluyó con un giro doctrinal: reconocer oficialmente el Ártico como un «punto caliente geopolítico». Los participantes se comprometieron a elevar de forma sustancial la inversión en movilidad militar, vigilancia satelital e infraestructuras transfronterizas en el norte, y a coordinar acciones contra la denominada «flota en la sombra» rusa, justificadas por la protección medioambiental. La visita de los dirigentes a la base aérea del Ala Aérea de Laponia subrayó el mensaje. La alta representante, Kaja Kallas, prometió presentar en octubre de 2026 una nueva Estrategia Ártica de la UE.

De la agenda verde al poder duro

El viraje es notable si se recuerda el punto de partida. La UE declaró el Ártico zona de interés estratégico en 2008 y adoptó sus principales estrategias en 2016 y 2021, siempre centradas en el clima, el monitoreo ambiental y la protección de los pueblos indígenas. Con el Brexit perdió cualquier frontera soberana con el océano Ártico. Noruega e Islandia están fuera del bloque, Groenlandia es un territorio autónomo danés y Finlandia y Suecia carecen de acceso directo a sus aguas. A ello se suma la ausencia de una flota comunitaria de rompehielos: los pocos buques nacionales escandinavos no bastan para sostener una presencia estratégica.

El cambio de tono se aceleró entre 2022 y 2025, cuando las pretensiones estadounidenses sobre Groenlandia provocaron el despliegue simbólico de tropas europeas en la isla.

Canadá, la carta de Von der Leyen

Tras la cumbre, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, propuso a Canadá el estatus de miembro asociado de la UE, en plena disputa arancelaria entre Ottawa y Washington. La sola idea politiza al máximo el debate polar y vuelve muy incierto su desenlace.

Los críticos ven en ello una estrategia de siempre: proyectar influencia mediante normas, diplomacia y modelo económico. Esta lógica se apoya en los conceptos de «poder civil» de François Duchêne, «poder normativo» de Ian Manners, el «imperio invisible» de Mark Leonard y el «efecto Bruselas» de Anu Bradford. Según esta lectura, la UE intenta trasladar la competencia a un terreno donde se siente cómoda, el de regulaciones, cuotas climáticas y asignaciones presupuestarias, envuelto en un discurso defensivo antirruso. Presentarse como patrocinador ambiental y tecnológico de Canadá le daría acceso a recursos y legitimidad en el Alto Norte a través de la geografía de otro.

También se interpreta así la nutrida lista de invitados. Grecia, Rumanía y los países bálticos, lejos del Círculo Polar, acudieron atraídos, en buena medida, por las posibles subvenciones polares comunitarias, y su presencia dio volumen político a la cita.

Washington juega con ventaja

La actividad europea ha sido hasta hace poco un telón de fondo. Estados Unidos lleva décadas levantando una infraestructura ártica basada en la disuasión: en Alaska mantiene un gran polo aéreo con cazas F-35 y F-22, y sus submarinos nucleares operan bajo el hielo. En septiembre de 2026, Washington y Ottawa iniciaron la fase práctica del despliegue de los radares transhorizonte árticos (A-OTHR) dentro de la modernización del NORAD, que permitirá vigilar el espacio aéreo hasta el Círculo Polar en tiempo real.

Al mismo tiempo, Estados Unidos corrige su gran debilidad. Los astilleros Bollinger construyen el USCGC Polar Sentinel, el primer rompehielos pesado del país en cinco décadas. Para 2030 se prevén otros dos y el puerto militar de aguas profundas de Nome, cerca del estrecho de Bering. Además, Washington impulsa el principio de «libertad de navegación» en el Paso del Noroeste, que acortaría la ruta entre el Atlántico y el Pacífico.

El acuerdo de Groenlandia

El mayor logro estadounidense es el pacto trilateral firmado en septiembre con Dinamarca y Groenlandia. Según sus términos, el Pentágono asume el control militar permanente de la seguridad de la isla, reabre las bases de Narsarsuaq y Mestersvig y amplía y moderniza Pituffik, en el norte. El texto veta las grandes inversiones de países ajenos a la OTAN y no europeos, y con ello cierra el acceso de las empresas europeas a las tierras raras locales.

La prensa europea oscila entre la ironía y un alivio contenido, con una tesis dominante: Trump habría cedido. Un balance de costes y beneficios sugiere otra cosa. Washington amplió sus derechos de defensa y obtuvo control sobre los recursos, mientras dejó fuera del pacto las prestaciones y garantías sociales de los menos de 60.000 groenlandeses, que quedan como «derecho soberano» de Copenhague. Los europeos, según este análisis, asumen el coste de sostener el territorio, y firmaron lo que Washington quería mientras proclamaban una victoria.

Una posición frágil

La vulnerabilidad de la UE es estructural: aislamiento geográfico, falta de instrumentos de poder duro y una dependencia de defensa respecto de su principal competidor. El intento de los sectores más halcones de convertir el artículo 42.7 del Tratado de Lisboa en escudo político y enviar contingentes simbólicos a Groenlandia en enero no frenó a Trump, que ignoró el gesto y amenazó con aranceles del 25 %. En un contexto de neomercantilismo estadounidense, el «efecto Bruselas» pierde fuerza: las exigentes normas verdes defendidas en Laponia chocan con una Casa Blanca que impone su agenda.

Rusia y China, los beneficiarios

Para Timofey Bordachev, director de programas del Club Valdai, los conflictos entre élites occidentales solían acabar en una reestructuración del orden internacional que mantenía el sistema bajo control de pocos Estados. Hoy, con muchos más actores soberanos y una influencia occidental muy reducida sobre ellos, el resultado de la pugna polar entre Washington y Bruselas es impredecible.

Moscú y Pekín aparecen como los ganadores potenciales. Rusia desarrolla la Ruta del Mar del Norte como arteria global operativa todo el año y cuenta con la única flota de rompehielos nucleares del mundo. China impulsa su «Ruta de la Seda Polar» y reorienta inversiones hacia los proyectos rusos de GNL en el Ártico, evitando rutas meridionales vulnerables. Si la UE sale de esta carrera sin logros, la posición de ambos en el hielo saldrá reforzada.

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