LOS PUEBLOS

Médicos cubanos sostienen diálisis bajo bloqueo

Más de 3.000 pacientes renales dependen de un sistema presionado por el cerco energético de EE.UU., que obliga a médicos a redoblar esfuerzos.

La salud, en el centro de una crisis energética

En Cuba, el sistema sanitario enfrenta una tensión constante derivada del cerco energético impuesto por Estados Unidos. La escasez de combustible, resultado directo de las restricciones, impacta de manera transversal sectores estratégicos, pero golpea con especial crudeza a los servicios médicos de alta complejidad.

Uno de los ámbitos más sensibles es el tratamiento de pacientes con insuficiencia renal crónica. En la isla, alrededor de 3.000 personas dependen de la hemodiálisis para sobrevivir. Se trata de un procedimiento altamente técnico, costoso y dependiente de insumos, energía eléctrica estable y transporte oportuno.

Hemodiálisis: un servicio vital bajo presión

El funcionamiento de las 57 unidades de hemodiálisis distribuidas en el país se ha mantenido activo, pero a un costo operativo y humano considerable. La falta de combustible afecta el traslado de pacientes, personal médico y suministros esenciales. Además, cualquier falla en los sistemas técnicos —como el tratamiento de agua indispensable para la diálisis— obliga a reorganizar turnos y extender jornadas hasta la madrugada.

En el Instituto de Nefrología de La Habana, la realidad es palpable. Su directora, Yamile García, relató recientemente que una afectación en el sistema de purificación de agua obligó a extender el programa habitual hasta las cuatro de la mañana. Sin embargo, el personal regresó horas después para continuar con la atención.

Este tipo de episodios ilustra no solo la fragilidad operativa provocada por las limitaciones energéticas, sino también el compromiso del personal sanitario.

Sacrificio cotidiano del personal sanitario

Más allá de la infraestructura y los recursos, el sostén del sistema recae en médicos, enfermeros y técnicos. El respaldo gubernamental ha priorizado la asignación de recursos hacia la salud pública, pero la variable decisiva ha sido el capital humano.

Las jornadas extendidas, la reorganización improvisada de turnos y la presión emocional de trabajar con pacientes en riesgo permanente convierten la rutina hospitalaria en un ejercicio continuo de resiliencia. Para muchos profesionales, no se trata solo de cumplir con un protocolo clínico, sino de garantizar la supervivencia de personas cuya vida depende de máquinas que no pueden detenerse.

El conflicto político y sus repercusiones

El escenario sanitario se entrelaza con una creciente tensión política. El 29 de enero, el presidente estadounidense Donald Trump firmó una orden ejecutiva que declara una “emergencia nacional” ante lo que Washington considera una amenaza proveniente de Cuba.

El documento acusa al Gobierno cubano de vínculos con actores hostiles y de permitir la presencia de capacidades militares extranjeras en la isla. Desde La Habana, el presidente Miguel Díaz-Canel calificó la medida como una acción de carácter criminal y hostil contra el pueblo cubano.

En paralelo, el canciller cubano sostuvo encuentros en Moscú con el presidente ruso Vladímir Putin y con el ministro de Exteriores Serguéi Lavrov. Desde el Kremlin se reiteró el rechazo a las nuevas sanciones y se reafirmó el respaldo político y la cooperación bilateral, subrayando que dicha colaboración no constituye amenaza para terceros países.

Una cuestión humanitaria

Más allá de la disputa geopolítica, en las salas de hemodiálisis el debate adquiere otra dimensión. Para pacientes y médicos, el bloqueo no es un concepto abstracto ni un diferendo diplomático: es una variable que puede alterar horarios, disponibilidad de transporte o estabilidad de equipos.

En ese contexto, la continuidad del servicio representa un logro técnico, administrativo y humano. Cada sesión completada en condiciones adversas confirma que, en Cuba, la atención a los pacientes renales se ha convertido en una prueba diaria de resistencia institucional y vocación médica.

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