Che Guevara: luz que no se apaga
A 58 años de su asesinato en Bolivia, el ejemplo del guerrillero sigue guiando a los pueblos
Una emboscada en la Quebrada del Yuro
El 8 de octubre de 1967, en la abrupta geografía de la Quebrada del Yuro, en el sureste boliviano, caía herido y capturado el Comandante Ernesto «Che» Guevara. Al día siguiente, el 9 de octubre, fue ejecutado a sangre fría en la escuelita de La Higuera por órdenes que atravesaron continentes: desde Langley, sede de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), hasta el Palacio Quemado en La Paz.
Tenía 39 años. Había nacido en Rosario, Argentina, en 1928. Había recorrido América Latina en motocicleta, había sido ministro de Industrias en Cuba, había soñado con «crear dos, tres, muchos Vietnam». Y en Bolivia, en una guerrilla malograda por la falta de apoyo campesino y la infiltración enemiga, encontró la muerte que siempre supo que podía llegar.
La orden que vino del norte
Los archivos desclasificados y los testimonios de oficiales bolivianos y agentes estadounidenses han confirmado lo que durante décadas fue negado: la captura y ejecución del Che fue una operación coordinada con la CIA. El agente Félix Rodríguez, cubano exiliado al servicio de la agencia, estuvo presente en La Higuera. Él mismo relató cómo se transmitió la orden de matar al guerrillero para evitar que fuera juzgado públicamente.
«Es mejor que desaparezca», habría sido la instrucción. El sargento Mario Terán, del ejército boliviano, fue el encargado de disparar. Lo hizo con los ojos cerrados, según confesó después, porque no se atrevía a mirar a los ojos al hombre que ya estaba herido y desarmado.
El valor como bandera
Lo que la CIA y los militares bolivianos no pudieron calcular fue el efecto inverso de su crimen. La ejecución sumaria, la amputación de sus manos para enviarlas como prueba a Washington, el entierro clandestino en Vallegrande: todo eso convirtió al Che en un símbolo imperecedero.
Su ejemplo de coherencia revolucionaria —dejar el poder en Cuba para ir a luchar a otros países, renunciar a privilegios, vivir con lo puesto— caló hondo en generaciones de latinoamericanos. Su frase «Hasta la victoria siempre» se convirtió en consigna de movimientos sociales, estudiantiles y obreros en todo el mundo.
La vigencia de un legado
A 58 años de su muerte, el Che Guevara no es una estatua de bronce. Es una presencia incómoda para algunos, una inspiración para millones. En las paredes de Caracas, en las marchas de Santiago, en las universidades de Buenos Aires, en los campamentos de refugiados, su rostro —el de la foto de Korda— sigue mirando al horizonte.
Los pueblos de América y el mundo no olvidan. La historia no se escribe solo con vencedores. También se escribe con los que cayeron defendiendo lo que creían justo. Y el Che, como dijo el poeta, sigue siendo «el más alto ejemplo de internacionalismo proletario».
La memoria como trinchera
La ejecución del Che Guevara en Bolivia fue un acto de cobardía disfrazado de operación militar. Pero también fue el inicio de una leyenda que ningún ejército puede derrotar. Su vida y su muerte siguen siendo luz y guía para quienes luchan por un mundo más justo.
Como él mismo escribió en su diario boliviano, días antes de caer: «Sé que la muerte me espera. Pero que venga. No le tengo miedo». Y no le tenía miedo. Porque sabía que su ejemplo valía más que su vida.

