“Oda a Lenín” en sus 146 años, por Pablo Neruda

El 22 de abril de 1870 nació Vladimir Ilich Ulianov en Simbirsk. Celebramos el aniversario leyendo la oda que le dedicó Pablo Neruda en Navegaciones y regresos, libro publicado en Buenos Aires por Losada en 1959.

foto-OdaaLenin

ODA A LENIN

La revolución tiene 40 años.

Tiene la edad de una joven madura.

Tiene la edad de las madres hermosas.

 

Cuando nació,

en el mundo

la noticia se supo

en forma diferente.

 

–Qué es esto? –se preguntaban los obispos–,

se ha movido la tierra,

no podremos seguir vendiendo el cielo.

 

Los gobiernos de Europa,

de América ultrajada,

los dictadores turbios,

leían en silencio

las alarmantes comunicaciones.

Por suaves, por profundas

escaleras

subía un telegrama,

como sube la fiebre

en el termómetro:

ya no cabía duda,

el pueblo había vencido,

se transformaba el mundo.

 

I

 

Lenin, para cantarte

debo decir adiós a las palabras;

debo escribir con árboles, con ruedas,

con arados, con cereales.

Eres concreto como

los hechos y la tierra.

No existió nunca

un hombre más terrestre

que V. Ulianov.

Hay otros hombres altos

que como las iglesias acostumbran

conversar con las nubes,

son altos hombres solitarios.

 

Lenin sostuvo un pacto con la tierra.

 

Vio más lejos que nadie.

Los hombres,

los ríos, las colinas,

las estepas,

eran un libro abierto

y él leía,

leía más lejos que todos,

más claro que ninguno.

Él miraba profundo

en el pueblo, en el hombre,

miraba al hombre como a un pozo,

lo examinaba como

si fuera un mineral desconocido

que hubiera descubierto.

Había que sacar las aguas del pozo,

había que elevar la luz dinámica,

el tesoro secreto

de los pueblos,

para que todo germinara y naciera,

para ser dignos del tiempo y de la tierra.

 

II

 

Cuidad de confundirlo con un frío ingeniero,

cuidad de confundirlo con un místico ardiente.

Su inteligencia ardió sin ser jamás cenizas,

la muerte no ha helado aún su corazón de fuego.

 

III

 

Me gusta ver a Lenin pescando en la transparencia

del lago Razliv, y aquellas aguas son

como un pequeño espejo perdido entre la hierba

del vasto Norte frío y plateado:

soledades aquellas, hurañas soledades,

plantas martirizadas por la noche y la nieve,

el ártico silbido del viento en su cabaña.

Me gusta verlo allí solitario escuchando

el aguacero, el tembloroso vuelo

de las tórtolas,

la intensa pulsación del bosque puro.

Lenin atento al bosque y a la vida,

escuchando los pasos del viento y de la historia

en la solemnidad de la naturaleza.

 

IV

 

Fueron algunos hombres sólo estudio,

libro profundo, apasionada ciencia,

y otros hombres tuvieron

como virtud del alma el movimiento.

Lenin tuvo dos alas:

el movimiento y la sabiduría.

Creó en el pensamiento,

descifró los enigmas,

fue rompiendo las máscaras

de la verdad y del hombre

y estaba en todas partes,

estaba al mismo tiempo en todas partes.

 

V

 

Así, Lenin, tus manos trabajaron

y tu razón no conoció el descanso

hasta que desde todo el horizonte

se divisó una nueva forma,

era una estatua ensangrentada,

era una victoriosa con harapos,

era una niña bella como la luz,

llena de cicatrices, manchada por el humo.

Desde remotas tierras los pueblos la miraron:

era ella, no cabía duda,

era la Revolución.

El viejo corazón del mundo latió de otra manera.

 

VI

 

Lenin, hombre terrestre,

tu hija ha llegado al cielo.

Tu mano

mueve ahora

claras constelaciones.

La misma mano

que firmó decretos

sobre el pan y la tierra

para el pueblo,

la misma mano

se convirtió en planeta:

el hombre que tú hiciste se construyó una estrella.

 

VII

 

Todo ha cambiado, pero

fue duro el tiempo

y ásperos los días.

Durante cuarenta años aullaron

los lobos junto a las fronteras:

quisieron derribar la estatua viva,

quisieron calcinar sus ojos verdes,

por hambre y fuego

y gas y muerte

quisieron que muriera

tu hija, Lenin,

la victoria,

la extensa, firme, dulce, fuerte y alta

Unión Soviética.

 

No pudieron.

Faltó el pan, el carbón,

faltó la vida,

del cielo cayó la lluvia, nieve, sangre,

sobre las pobres casas incendiadas,

pero entre el humo

y a la luz del fuego

los pueblos más remotos vieron la estatua viva

defenderse y crecer crecer crecer

hasta que su valiente corazón

se transformó en metal invulnerable

 

VIII

 

Lenin, gracias te damos los lejanos.

 

Desde entonces, tus decisiones,

desde tus pasos rápidos y tus rápidos ojos

no están los pueblos solos

en la lucha por la alegría.

La inmensa patria dura,

la que aguantó el asedio,

la guerra, la amenaza,

es torre inquebrantable.

Ya no pueden matarla.

Y así viven los hombres

otra vida,

y comen otro pan

con esperanza,

porque en el centro de la tierra existe

la hija de Lenin, clara y decisiva.

 

IX

 

Gracias, Lenin,

por la energía y la enseñanza,

gracias por la firmeza,

gracias por  Leningrado y las estepas,

gracias por la batalla y por la paz,

gracias por el trigo infinito,

gracias por las escuelas,

gracias por tus pequeños

titánicos soldados,

gracias por este aire que respiro en tu tierra

que no se parece a otro aire:

es espacio fragante,

es electricidad de enérgicas montañas.

 

Gracias, Lenin,

por el aire y el pan y la esperanza.

 

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