La doble derrota de los enemigos de Fidel Castro

Más de siete millones de cubanos suscribieron en apenas tres días, con nombre y apellidos y número de su carné de identidad, el concepto fidelista de Revolución.

Más de siete millones de cubanos suscribieron en apenas tres días, con nombre y apellidos y número de su carné de identidad, el concepto fidelista de Revolución.

Hay que situarse por un momento en sus mentes. Mucho lo desearon y trataron de adelantarlo mediante invasiones, sublevaciones desatadas por “la insatisfacción económica y la penuria” sugeridas en un añejo memorandum a Eisenhower, por el éxito de uno de los más de 600 planes magnicidas a los que la congesista estadounidense Ileana Ros-Lehtinen dio la bienvenida (“I welcome the opportunity of having anyone assassinate Fidel Castro”), o añorando un hecho biológico inevitable para todo ser vivo que muchas veces fue carne de fake news, como se dice ahora.

Llegó dos veces el día, o más exactamente la noche que algunos como en la Calle 8 de Miami quisieron convertir en día. Primero, cuando se dio a conocer su enfermedad ante la cual renunció a sus responsabilidades al frente del país y once años después la noticia real y definitiva, para ellos tan deseada. Para su sorpresa y frustración, en ambos casos la información no provenía de ningún rumor ni filtración, como tantas veces pensaron ocurriría, sino de la voz del propio gobierno cubano.

Pero esa no fue la mayor de las frustraciones, otras estaban por llegar. En Cuba, la inevitable conmoción marcada por el dolor mayoritario se fue transformando muy rápidamente en reafirmación. Más de siete millones de cubanos suscribieron en apenas tres días, con nombre y apellidos y número de su carné de identidad, el concepto fidelista de Revolución, como para que a quienes celebraban, soñando con revanchas noventa millas al Norte, les fuera más fácil encontrarlos; una consigna surgió de las más gargantas más jóvenes para confirmar el desafío por si querían extender a sus seguidores los intentos de exterminar a un hombre: “Yo soy Fidel”. Las plazas de Santiago de Cuba y La Habana, y el recorrido que por más de mil kilómetros unió a ambas llevando las cenizas del Comandante se inundaron de cubanas y cubanos con el rostro marcado por la admiración hacia aquel que fue tantas veces demonizado por los dueños de la comunicación global.

Incontinente ante el Twitter, el recién electo Presidente Donald Trump amaneció en el Sur de la Florida diciendo “Fidel Castro is dead!”, para después emitir un comunicado plagado de insultos y mentiras donde se le escapó la clave del origen de sus palabras: “Me uno a los muchos cubano-estadounidenses que me han apoyado tanto durante la campaña, incluyendo a los veteranos de la brigada 2506”.

A juzgar por la actuación posterior de Trump, dos años de la nueva política hacia Cuba impulsada por Obama parecen haber irritado mucho a “los veteranos de la brigada 2506”, es decir, a los derrotados en la invasión organizada por la CIA a Bahía de Cochinos, pero el impresionante tributo reafirmativo de los cubanos al principal culpable de aquella derrota debe haber multiplicado su frustración. Hay que volver a limitar los viajes de norteamericanos a Cuba, vigilar a los que vayan y prohibirles comprar refrescos y abanicos porque capaz que se contagien con ese espíritu “castrista”.

Y no es que Barack Obama pretendiera contribuir al socialismo cubano. Precisamente en los años de su acercamiento él estableció récords de multas contra empresas relacionadas con Cuba y de dinero para la subversión, pero buscó caminos más acordes a los intereses de EE.UU. y estableció al gobierno de la Isla como un interlocutor legítimo. Algo tan lógico y aceptado en todas partes que para desmontarlo ha habido que inventar “ataques sónicos” que la ciencia no puede probar.

Sin embargo, más se irritarían los apoyadores de Trump contra Cuba, cuando luego de la convocatoria a los cubanos para olvidar el pasado, tras 23 meses de seducción estadounidense en forma de viajeros norteamericanos, discursos inteligentes, sonrisas de teleprompter y promesas de prosperidad para minorías, quien en ese entorno había escrito “no necesitamos que el imperio nos regale nada” y era acusado mendazmente por la prensa dominante de oponerse a una “normalización” entre ambos países por la que nadie luchó más que él, demostraba tras diez años fuera del gobierno cuán firme sigue, y seguirá, en la memoria de esta Isla. Él se los había anunciado: “la Revolución cubana no podrá ser destruida ni por la fuerza ni por la seducción”.

Por: Iroel Sánchez
Ingeniero y periodista cubano. Trabaja en la Oficina para la Informatización de la Sociedad cubana. Fue Presidente del Instituto Cubano del Libro.

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